Inquisitio y sentido de estilo (de la comprensión de las humanidades)

Autor:

Andrés Claro

Áreas de estudio:

Humanidades

La metodología de la inquisitio no tiene jurisdicción en las humanidades. Existe una gran diferencia entre probarle a todo el mundo que se tiene razón y responder a los desafíos que impone habitar un mundo. Unos tienden a investigar hechos de acuerdo a un patrón de verificación sancionado al interior de un paradigma más o menos consensuado. Otros, a crear y comprender entidades y actividades en un horizonte de experiencia histórico-cultural: ante la pulsión de prueba incriminatoria, apelan al recurso, a una renovación constante del expediente que pospone los arrebatos de juicio final.

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Hasta nuevo aviso, los seres humanos no crean entidades como la materia que compone el universo o los animales que pueblan la tierra (sólo los bautizamos y concebimos de diversas maneras a lo largo del tiempo). Pero en el esfuerzo por comprender nuestra situación y configurar un mundo habitable, sí creamos y seguiremos creando una gran variedad de entidades y actividades que conforman la cultura: las artes de educar y de gobernar; las leyes, las instituciones sociales y la organización económica; la arquitectura, el urbanismo y las costumbres; la literatura, las artes y las religiones; las ciencias, las disciplinas y las técnicas; las concepciones de la realidad, del tiempo y de la historia; los modos de pensamiento y las lenguas (ante el lenguaje en general, convengamos en que es el ‘instinto del hombre’) –en fin, toda una serie de formas de expresión y de comunidad que son juez y parte de los mundos históricos que conforman, transformándolos continuamente, y transformando al ser humano dentro del mundo.

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Sólo una sociedad profundamente alienada podría expresar hoy por hoy sorpresa ante la perogrullada de que vivimos en mundos posibles que nosotros mismos hemos configurado. La idea de que la comprensión de estas formas humanas de hacer mundo es una tarea menos seria o autónoma que el conocimiento de la naturaleza es un prejuicio ya más difundido, interesado y peligroso.

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No es lo mismo inquirir sobre lo que se considera dado, como ocurre en las observaciones y clasificaciones que hacen las ciencias regionales acerca de la naturaleza, que comprender lo creado por el ser humano o seguir creando de manera acorde, para lo que se requiere un ‘sentido de estilo’. Registrar regularidades en alguna parcela de la realidad –percibir o abstraer la repetición en vistas a validar leyes o modelos para alguna dimensión del espacio-tiempo o de la vida, si se quiere–, es una actividad perfectamente humana, donde no se es menos artífice que observador. Pero lo que suele definir un estilo es el carácter individual e irrepetible, precisamente lo que escapa al método estadístico que domina en las ciencias naturales y sociales, por mucha corrección y complejidad que incorporen a sus sistemas de variables. Si la comprensión de un estilo podrá ser eventualmente parafraseada deductiva o empíricamente, no es nada sin la penetración imaginativa que la genera. Si puede cerrar el foco sobre un eventual detalle significativo que revele la diferencia específica, e incluso amplificarlo para generar conocimiento característico o caricatural, no es nada sin una visión del conjunto de las capacidades simbólicas del hombre (cualquier paseante distraído sabe que una melodía afecta sus maneras de mirar). No separa la forma del contenido de la experiencia o del discurso pues tiene consciencia de que no hay maneras distintas de decir o proyectar lo mismo. No busca hipostasiar una constante a partir de la repetición de un experimento, sino generar instancias ejemplares, lo que constituye una referencia de otro cuño.

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Los procedimientos de la radiografía no son los del retrato; como cualquier estilo, reorganizan el mundo de manera tan dramática como las entidades que traen a la luz. Confrontada a un objeto natural, por muy ocultas que suponga sus estructuras profundas, la ciencia opera por hipótesis y demostración, sospecha y sentencia, argumentando a través de generalizaciones y uniformidades derivadas de la copresencia de los objetos y eventos que le entregan sus conceptos, categorías e instrumentos, lo que le permite diferenciar, al menos por un tiempo y en un campo, entre lo que considera verdad y error. Es lo que suele comunicar mediante un género discursivo sui generis, el paper, cuya ley enunciativa es la de un pronunciamiento de ambición impersonal, literal y denotativa, a veces matemática, donde alguien previamente autorizado como experto expone sus descubrimientos sobre un aspecto puntual y técnico, de manera breve y clara, al día y efímera, susceptible de consenso y dispuesta a ser corregida o sobrepasada por la siguiente comunicación que genere actualidad. Ante las creaciones del ser humano, en cambio, no hay coartada realista que valga: se está obligado a asumir de entrada toda una variedad de mundos posibles, cuyos horizontes de experiencia se revelan más o menos eficaces, adecuados o aberrantes según hábitos, motivos, propósitos y puntos de vista que, por refinados que puedan llegar a aparecer en los diversas figuraciones creativas – desde la filosofía, la historia y demás saberes hasta la literatura y las artes– no son distintos de aquellos que conciernen a los hombres y mujeres en sus relaciones habituales de vida. Es lo que amerita un lenguaje socialmente compartido, que despliegue toda la variedad de formas desarrolladas históricamente para desplegar esta doble tarea crítica y fundacional: el diálogo, el ensayo, la meditación, la epístola, la biografía, la crónica, la digresión, el aforismo, el fragmento, el artículo, el manual, la monografía, la suma; en fin, más recientemente los medios audiovisuales y siempre y sobre todo el libro.

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Premiar pavlovianamente la aplicación de una ley discursiva propia de las ciencias naturales (y del inglés de conferencia) en las humanidades no tiene nada de anodino o anecdótico. Muchísimo más eficaz como método de represión de mundos alternativos que la prohibición de la censura o la descalificación epistemológica directa, este papeleo y papelón transforma a bajo costo a las humanidades en un ejercicio de glosa arqueológica de archivos, obras y autores u otra forma posible de la prueba, haciéndonos a todos cómplices más o menos advertidos de la facticidad de turno.

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No es lo mismo usar el sentido de estilo para probar algo –digamos, para demostrar que una obra pertenece a un autor o a una época determinados–, que activar un sentido de estilo para comprender cómo una obra representa o abre posibilidades imaginativas de configurar un mundo habitable. Entre los primeros, hay una tendencia a tomar la obra como objeto y servirse de manuales clasificatorios que proponen rasgos peculiares como elementos de prueba, lo que abulta su cosecha de un cúmulo de manierismos. Aseguran el botín al precio de echar por la borda gran parte de las preguntas y matices ineludibles de lo humano. Lo segundos pueden llegar a conocer la experiencia de embarcarse en un periplo que obliga a ajustar las expectativas al cruzar cada cabo, donde el desconcierto es condición de posibilidad de un nuevo mundo. También Colón creyó haber llegado a las Indias Orientales cuando, como se sigue diciendo por ahí, ‘descubrió’ América.

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Se sabe que el análisis no sirve de nada sin una síntesis imaginativa, capaz de descubrir, o sea, de crear. Para ello, sin embargo, la disección debe haber dejado vivo al individuo, lo que no ocurre ni en las lecciones de anatomía ni en las torturas de la inquisitio.

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La paradoja es tan sólo aparente: mientras la teoría científica, con su pretensión de validez ahistórica, es enterrada cuando surge una versión más convincente de los hechos (absorba o no a la anterior en sus entrañas), las creaciones humanistas, conscientemente datadas y situadas, tienen una organicidad que les da vida histórica, permitiéndoles resurgir una y otra vez de la tumba a decir lo que tengan que decir.

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La diferencia entre probar y comprender no está delimitada por la proveniencia última o física de las entidades a que se aplican. Ante la piedra en la cantera o en la mina, se suele preguntar ‘qué es’ o demostrar ‘qué elementos la componen’. Ante la misma piedra en un pedestal (o en el zapato, según sea el caso) se puede preguntar ‘qué significa’ y explicar ‘cómo y por qué expresa lo que expresa’. Este comportamiento, que no es exclusivo de las piedras, hace que las entidades y las actividades puedan expresar un día y no hacerlo al día siguiente, o expresar cosas distintas en lugares y tiempos diferentes. Es cuando se constituyen en ‘obras’ –cuando aquello sobre lo que se pregunta aparece creado por quien pregunta: el ser humano–, que debe discernirse si y cómo es que sus formas y comportamientos contribuyen a la configuración de qué mundo.

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Tal como la explicación del estilo de una escultura no se hace a golpes de martillo, para la comprensión de las ciencias naturales como ‘obra de los hombres’ de poco sirve la inquisitio, el método con que la ciencia investiga felizmente, de manera punzante y cortante, los objetos que aísla en la naturaleza.

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Si una teoría científica es un gran hecho, los hechos son pequeñas teorías. Cuando la investigación (natural o social) afirma que es verificable, lo que afirma es que es capaz de repetir la aparición conjunta de las entidades y los eventos que sus conceptos, categorías e instrumentos conciben y consideran relevantes para su experimento, dejando todas las demás entidades y eventos posibles del ‘mundo ordinario de los hombres’ fuera. Hace del experimento un ejemplo de la teoría; se maravilla ante una uniformidad en la naturaleza que él mismo ha aislado o proyectado creativamente. Lo cual lo honra, a su manera.

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Es un contrasentido evidente pretender que las creaciones originales en las humanidades –y lo mismo puede decirse de los modelos que transforman la ciencia–, sean juzgados institucionalmente en tiempo real y mediante parámetros de prueba establecidos de antemano. Imponer, por añadidura, el criterio de la ‘necesaria utilidad’, es ya una aberración mayor. Pues lo que resimboliza un mundo antecede e impone los raseros mismos que servirán para comprenderlo, tal como antecede la posibilidad de un uso instrumental de las nuevas formas con que sintetiza la experiencia. Una institucionalidad de buena fe, que quiera incentivar la comprensión y la creación humanas, no podría pretender ahorrarse el dilema existencial: en algún momento del camino tendrá que confiar y apostar; incluso (o sobre todo) cuando la contraparte haya defraudado sus expectativas. Entonces, su actitud se revelará estrictamente contraria a la del huaso macuco que cree que le están tomando el pelo cada vez que no entiende algo.

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La constatación de la variedad cultural y la transformación histórica –la celebración misma de las posibilidades creativas de configurar experiencias alternativas que respondan a los desafíos de la cultura en el tiempo– no proscribe la evaluación o el juicio. Ciertamente, proscribe abusar de la trillada frase de nuestros realistas – “digamos las cosas como son”–, tal como proscribe hacer del consenso un velo de resignación, racionalizado o involuntario, ante la fuerza. Pero el corolario no es un relativismo sin posición, sino una evaluación a partir del encuentro entre mundos capaces de inseminarse recíprocamente, una confrontación entre estilos históricamente determinados donde tal como el presente puede juzgar y transformar el pasado el pasado puede juzgar y transformar el presente. Cuando halla dos o más versiones divergentes de los hechos, no concluye que una (o todas) sean necesariamente ‘incorrectas’, sino que se pregunta a qué mundos pertenecen y cuáles son las posibilidades de traducir –cuáles son los límites, pérdidas y posibilidades de paso– entre estos mundos que se despliegan en indiferencia o conflicto. Al evaluar la corrección de una obra, no la considera el producto inevitable de un contexto o de un sujeto, sino una creación de experiencia que puede situarse de muy diversas maneras frente a su primer contexto, incluido el propio artífice, y a otros contextos. Las dificultades que supone comprender un mundo a partir de la perspectiva propia que imponen las formas de otro –nuestro propio principio de incertidumbre– son tan evidentes como asumidas: lo suficientemente humanos para habitar y tomar decisiones sin hipostasiar un rasero que dirija toda instancia de juicio desde el más allá o el más acá. Los efectos que puede traer la inseminación de un sistema de representación a partir de las formas de otro, son tan impredecibles como aceptados: lo suficientemente históricos para no temerle a nuevas maneras de sentir, pensar y actuar susceptibles de ser socializadas, de transformar el sistema de representación de la comunidad para seguir respondiendo a las necesidades y desafíos que impone la vida histórica.

* Andrés Claro (ensayista, profesor en el Doctorado en Filosofía c/m Estética, Universidad de Chile)

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