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Las Humanidades: ¿para quién?

Autor: Adolfo Vera

Confieso que la pregunta “¿para qué sirven las Humanidades, las Ciencias sociales y las Artes”?, yo la complementaría con la de  para quién sirven, si es que en verdad sirven; en el paso de la cosa abstracta a la que nos obliga la pregunta por el “qué” hacia la concreción humana –el llamado a un rostro- del “quién” se juegan, me atrevería a decir, gran parte de las cuestiones que se tornan esenciales hoy en lo que respecta al sentido, en nuestras sociedades, de las artes, las humanidades y las ciencias sociales. Ese pasaje es a su vez una retroalimentación: no hay “humanidad” hoy sino en cuanto ella debe hacerse cargo de lo abstracto y lo no-vivo (la tecnología), lo artificial y lo virtual, que modifican radicalmente a la vida. Como sea, no es inútil preguntarse por las relaciones que estos tres saberes y prácticas poseen entre sí, en relación a su propia historia, porque es claro que no han acompañado siempre a esa Humanidad –permítansenos las mayúsculas- que buscan estudiar, definir, y ante todo interrogar. Quisiera concentrarme en esta breve reflexión en lo que respecta a las Humanidades.

Las Humanidades y el Arte, como los conocemos, son fruto del Quatroccento italiano, y como tales inauguran una época en la que se comenzará a dibujar el rostro de un nuevo personaje que ingresará en la historia en medio de escenografías majestuosas, tratados eruditos, colecciones privadas, frescos, pinturas radicalmente novedosas, flujo de capital y comercio global: el Hombre; esta invención, a su vez –por ejemplo, en las Vite de Vasari, del año 1550- traerá consigo la invención de la historia misma. También, de la Utopía. Todas estas invenciones implican una modificación radical en el quién y en el nosotros, y entonces, en el qué y en el cómo. ¿Qué hacer con la ciudad, a quiénes integrar en ella? ¿Cómo ubicar a este nuevo personaje (el Hombre), cuyo cuerpo empieza a ser reinterpretado a la luz de los clásicos grecolatinos, ya no en un topos hiper-jerarquizado (la sociedad feudal) sino en un cosmos volcado al libre intercambio de las mercancías y los conocimientos, pero también en el contexto del Nuevo mundo –nosotros, entonces- que acababa de ser descubierto? ¿Cómo imaginarlo, también, en el contexto de ese lugar sin lugar llamado utopía? Las humanidades y el arte surgen como un modo de dar respuesta a esas y otras interrogantes. Pero el contexto no es, como se ha solido interpretar, el de un triunfalismo sin contrapeso que confiaría en el progreso infinito del hombre –o de la humanidad- gracias a sus redescubiertas facultades. Se trata, más bien, del reconocimiento de una cierta fragilidad, de una negatividad que corroerá finalmente toda positividad: la muerte, el olvido. Este último, para Vasari, sólo podrá ser vencido por el trabajo del historiador, y  tiempo después será Vico quien historizará al arte y la literatura como un modo de descubrir la historia del nuevo personaje, el hombre, sacándolo del pozo negro del olvido, y haciéndolo eterno como los dioses. Se tratará de vencer gracias a la luz de la razón las tinieblas del olvido, el que ya ha gobernado la existencia de los hombres por épocas enteras, en las que los nombres de los grandes personajes de la historia no se recordaban.

Humanismo y arte se abocarán desde entonces y hasta hoy a representar –cuánto de lo humano inventado por el Humanismo se juega en este sólo concepto: representación– una fisonomía como aquellas que en la época de Vico, un italiano, Della Porta, y un francés, Le Brun, se dedicaron a realizar desde los fundamentos científicos del dibujo (que, según el concepto renacentista del disegno, es también la idea, el plan y el proyecto) de las relaciones entre el rostro humano y la cabeza de los animales, y que ya antes de Darwin recibían el nombre de fisiognomonía (el alemán Lavater le daría un estatuto científico) y hacían ver con estupor cómo la autonomía del nuevo personaje se disolvía en la otredad de lo animal. El humanismo entonces, el que en tanto época fue modulado por las humanidades en un sentido amplio –las que, a diferencia de lo que establece hoy la especialización universitaria, incluían a las ciencias en tanto forma esencial de la modulación de la experiencia humana-  nunca pensó que este nuevo personaje que inventaba triunfaría sin más en su pretensión prometeica de robar, otra vez, el fuego a los dioses. Más bien, su verdad –que será también la de la modernidad misma- la expresó Goya en la frase de su famoso grabado: “el sueño de la razón produce monstruos”. En lo que concierne a los aparatos de proyección de formas y representaciones, sabemos que ya en el siglo XVII el jesuita alemán A. Kircher inventaba la Linterna Mágica, el fósil más antiguo del aparato cinematográfico, la que a fines del siglo XVIII, en el contexto inmediatamente posterior a la Revolución Francesa, daría origen al espectáculo de la “fantasmagoría” –varias linternas mágicas proyectando imágenes de calaveras, fantasmas y otros hechos sangrientos en el espacio vacío de un convento derrumbado- inventado por E.G. Robertson. Si lo que Heidegger definió como la “época de la imagen del mundo” produjo en gran medida imágenes fantasmagóricas, gracias a los aparatos de representación mecánica, podemos decir que el Hombre inventado por el Humanismo no es uno que no contenga, en sí mismo, la representación de su propia violencia o de sus dobleces fantasmales. En ese sentido, la pregunta por el para quién –es decir, qué comunidad– del humanismo, estando ella sujeta, por hipótesis, al mundo de las representaciones, no puede sino ser respondida atendiendo al momento esencialmente fantasmagórico, a su conformación en tanto ficción, de la comunidad. No hay respuesta concreta a un tal “para quién”: sólo hay representaciones, ficción; si la hubiera, ya no estaríamos en el ámbito del “humanismo” ni en el de las “humanidades”. ¿En el de la política, tal vez?

Las humanidades están más vivas que nunca desde que se comenzó a hablar de una “muerte del Hombre”. Pensar que eso significaba dejar vacío el motivo central que le dio origen -¿qué es el “hombre”’?- y por ende dejar vacante su tarea –la que tendría que ser llenada entonces por la “ciencia positiva”- implica no entender que ese lugar siempre estuvo vacío, y sólo fue llenado por ficciones y representaciones (tendientes siempre a la fantasmagoría). Como sea, una tal discusión, iniciada ya desde la tercera década del siglo pasado, en el contexto de las catástrofes políticas y sociales que asolaban (y asolan) a las sociedades occidentales y no occidentales, nos ha obligado a hacernos cargo de los grandes olvidados del humanismo: el mundo de los animales y el del objeto técnico. La violencia política, que terminó haciéndonos ver que la barbarie es uno de los destinos posibles del Humanismo (Benjamin), nos obliga a considerar, por un lado, que ninguna otra especie animal es capaz de una crueldad semejante a la ejercida por el hombre, y por otro, que la lucha en contra de la cosificación –camino directo hacia la barbarie-, y por ende en contra del capitalismo, debe ser realizada no “contra” el objeto técnico, sino que “con” él (se trataría, como diría Gilbert Simondon, de des-alienar al objeto técnico, y no sólo al usuario del mismo). Algunos autores –los llamados “post-modernos”- pensaron que se trataba de superar y dejar atrás al humanismo, principal responsable de la barbarie moderna;  en muchos puntos no se equivocaron. A diferencia de ellos, hoy sabemos que esa tarea la realizaría no un discurso teórico, sino una práctica económico-política: el neo-liberalismo. Por ello hoy no es tan sencillo ser “post-modernos”. Si uno asume que nos movemos en un territorio de ficciones y representaciones, podemos asumir igualmente que de lo que se trata es de inventar otras ficciones, otras representaciones: así el humanismo, y por ende las humanidades, no claudicarán ante los “positivismos” que siempre quisieron destruirlo, por temor sin duda a sus fantasmagorías, más inocentes –como sea- que las que produce la “positividad” cotidiana del mercado.

No se trata de salvar ni de enterrar al “humanismo”: bastante se lo enterró (y se lo salvó) durante el siglo pasado. Se trata más bien de volver a plantear la pregunta inaugural por el quién y –como hicieron utopistas y artistas de la representación- inventar las ficciones que le corresponden. Estas ficciones habrán de surgir de la paradoja siguiente (tal vez la más desgarradora): cada reinvención de lo común –del más particular al más universal, y nunca el uno sin el otro- tendrá que hacerse cargo de la catástrofe de la violencia extrema (la desaparición, la tortura, el genocidio que ha estado en el origen y desarrollo de las naciones modernas) y desde ahí –desde esa violencia que es lo real mismo- inventar los destinatarios múltiples, siempre ficticios y espectrales, de la pregunta por el “quién” que debe estar a la base del humanismo y de las humanidades.

* Prof. Dr. Adolfo Vera (Director Magíster en Filosofía, Universidad de Valparaíso)

  1. VI Jornadas Internacionales de Historia de las Mentalidades y la Cultura

    Noviembre 7 @ 8:00 am - Noviembre 9 @ 5:00 pm