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El arte es una paradoja viva

Autor: Rodrigo Zúñiga
Palabras claves:

El arte es cosa pública, pero no a todos interesa. El arte sale a nuestro encuentro, pero no siempre tiene con quién encontrarse. El arte está ahí para cualquiera, pero cada cual lo vive o experimenta de un modo singular. El arte nos abre al sentido (del mundo, de las cosas, de nosotros mismos), pero una obra nunca se reserva, tampoco, un único sentido –en ella cohabitan diversos sentidos, no necesariamente coincidentes.

El arte es una apertura al mundo, pero esa apertura no es reducible a lo dado de antemano, a lo ya conocido. La obra abandona el mundo por un momento, lo pone entre paréntesis. Promoverá otras configuraciones sensibles, otras significaciones, y sólo por esta razón, habrá en cualquier obra, siempre, algo de soledad, algo de inaudito. Soledad y desasimiento: la obra viene hacia nosotros alejándose, porque suspende lo conocido y nos obliga a tantear un acercamiento, a dar algunos pasos con delicadeza. Parece un cuerpo vibrante. Exige reciprocidad, compromiso sensorial, emotivo e intelectual (todo al mismo tiempo), y en ese trance, muchas veces, nos desorientamos y nos sentimos extraviados: decimos no entender una obra. No podría ser de otra manera. El arte es (también) una experiencia del extravío y la orfandad. Experimentar, aún sea brevemente, ese extravío, será un precio menor, pero inevitable, por hacerse de esa pequeña vibración que no existe sino con la obra misma, con su acontecimiento.

Y podríamos continuar, claro.

El arte es cosa pública, pero está hecho de pequeñas soledades. El arte es para todos, pero compromete lenguajes particulares. Toda obra es para todos y para cualquiera (¿cómo podría no ser así?), pero ninguna obra, ni una sola, será para todos y para cualquiera efectivamente. De esta clase de paradojas participa el arte. No es extraño: el arte es una paradoja viva.

Ahora bien, ¿Se puede vivir sin arte? Desde luego.

¿Puede un país decidir no fomentar las artes? De ninguna manera.

Nunca será sencillo defender las artes, nunca lo ha sido. No lo fue para la antigüedad clásica ni lo es tampoco para nuestra época de tecnologías digitales e innovaciones asombrosas. El arte siempre resultó algo anómalo, singular, divergente. Sin embargo, si somos capaces de reconocer en el arte una paradoja viva, es porque gracias a él entramos en relación con algo que nos habita, nos interpela y nos compromete en lo más profundo. Quizá sea imposible saber qué sea eso, exactamente -la palabra humanidades nos acerca a ese misterio-, pero sí sabemos que no podemos obviar su llamado. En los peores momentos de la historia, cuando la barbarie se imponía sin contrapeso en el mundo, siempre hubo un poeta, un escritor, un músico, un pintor, que acudió -en nombre suyo y de todos nosotros- a mantener viva la llama de esa vocación enigmática.

El peor espejismo, la ilusión más peligrosa, alegará siempre que las artes exigen dotaciones y talentos naturales que no todos tienen, o que su aporte real a la productividad de un país resulta considerablemente menor a la de otros ámbitos, o que se trata de un pasatiempo inocuo que es necesario recluir al tiempo libre y la esfera doméstica. Pero en las artes está en juego lo esencial: el humano que hace frente a sus paradojas, a sus límites, a sus inquietudes, a sus anhelos e imaginaciones, en una época y un contexto determinados. En las artes, en todas las artes (conservadoras o rupturistas, agradables o crípticas, hermosas o abyectas) se fraguan imaginarios, formas estéticas y simbólicas, racionalidades, emociones, fantasías, discursos y tecnologías que nos ayudan a reconocer y a encarar nuestros temores y nuestras esperanzas. No podemos darnos el lujo de minimizar su aporte a la formación de ciudadanías, y mucho menos en una era que, con sus procesos globales de conectividad audiovisual, amenaza con crear formas inéditas de analfabetismo: individuos ensimismados, incapaces de relacionarse críticamente con sus imágenes y sus nuevas maneras de significar, con sus entornos altamente tecnologizados y, lo que es peor, con sus propios pares.

La pregunta por el sentido de las artes, las humanidades y las ciencias sociales constituye, por sí misma, un llamado de atención. Es una pregunta que no debiéramos siquiera formularnos como sociedad; pero puestos en esta disyuntiva, tenemos la obligación de responderla. Tendremos siempre el recurso de apelar a las competencias blandas, a los procesos cognitivos que están en juego, exclusivamente, en la educación artística. Con todo, hay muchos otros aspectos que debemos realzar y que nuestra sociedad necesita tener presente con urgencia. Una ciudadanía sin acceso a su patrimonio, a sus museos, a su historia, a sus voces, a sus sonidos, a sus imágenes, ha sido obligada a relegar una parte importante de sí misma en las regalías de unos pocos. Las artes son cosa pública, aunque a pocos les interese, porque  en ellas todos somos convocados democráticamente. Y nadie puede estar ajeno a aquello que lo interpela en lo más profundo.

* Rodrigo Zúñiga es Filósofo, coordinador del Doctorado en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte y miembro del Observatorio de Políticas Culturales, Facultad de Artes, Universidad de Chile.                   

 

 

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