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El humanismo, las humanidades

Autor: Carla Cordua Sommer

Las humanidades son una creación del humanismo. Pero “humanismos” hubo varios antes de la edad moderna. A partir del siglo XIV, los humanistas italianos del  renacimiento ejercen una gran influencia sobre la educación elemental y universitaria de su país. Pronto las humanidades se convierten en un ciclo bien definido de materias de estudio: este ciclo incluye gramática, retórica, poesía, historia y filosofía moral. Son disciplinas dedicadas a asuntos mundanos o seculares, en contraste con las disciplinas del programa educativo anterior, que enseñaba teología, metafísica, filosofía natural, medicina y matemáticas. Aunque no existe una incompatibilidad entre estos dos currículos, ellos son independientes uno del otro.

La idea del individuo como un microcosmos que se hace a sí mismo entraña las nociones de la autosuficiencia y la universalidad de cada ser humano. La voluntad libre se puede dar estas condiciones por propia iniciativa. Si el hombre está dotado en principio para valerse de sus las posibilidades de ser y si elige cultivarlas realizará la plenitud de su vocación universal y la autonomía de quien se basta a sí mismo. Encontramos todavía esta ambición humanística tres siglos después del renacentista Pico Della Mirandola, entre los ideales de Goethe, y, aún más sorprendente, cincuenta años más tarde, las mismas ideas en la obra de Carlos Marx, que anuncia que en la sociedad comunista que seguirá a la dictadura del proletariado, los trabajadores podrán, después de aportar su trabajo a la sociedad, cultivar libremente sus más diversas potencialidades personales.

El humanismo representativo de esta idea del hombre pronto será objeto de crítica desde varios frentes diversos. Lo interesante de la amplia y duradera influencia de la inspiración humanística reside en que, aún donde algunos han abandonado el proyecto de la autogénesis universal del hombre, las instituciones educativas modernas conservaron las humanidades como materias de enseñanza. Justifican su variedad y carácter selecto porque sirven a la formación de personalidades autónomas, dueñas de sí y destinadas a realizar altos designios.

Las humanidades solían ser el programa educativo de ciertos sectores sociales a pesar de que ellas sobreviven a muchos cambios históricos. En los siglos XVII y XVIII formarán a los jóvenes, no ya para orientarse conforme a modelos admirables en un mundo nuevo, sino como incorporación a la sociedad burguesa en proceso de definición. Una educación en los clásicos greco-romanos, que requiere conocer lenguas muertas y obras de poetas y sabios antiguos, debido a que separa al burgués del vulgo, resulta indispensable para los hijos de las clases pudientes. De manera que la formación en las humanidades, además de los beneficios personales que otorga al individuo, se convertirá en señal inequívoca de cierta posición social y en la aparente justificación de que sean sus portadores quienes la ostentan.

La formación humanística representará en todas partes a la libertad desinteresada, esto es, no utilitarista; en particular allí donde sus beneficiarios no están demasiado urgidos a abandonar temprano los estudios para ganarse la vida. Se supone que tales estudios, combinados con determinadas circunstancias sociales, le ofrecen al estudiante un plazo prolongado para crecer y aprender, y para prestar atención a sus voces interiores que le revelarán quién es y lo que le cabe esperar de la vida. Estas y otras posibles funciones sociales que las humanidades pueden prestar, no debe impedir que se les reconozca su valor intrínseco: conocer a los clásicos de primera mano será, aparte de toda otra consideración, un golpe de suerte para quien tenga la oportunidad de lograrlo.

La modernidad hará sentir una cierta influencia contrapuesta al humanismo individualista a lo largo del siglo XVII. La conquista de la naturaleza por la ciencia de nuevo cuño propone cambiar el destino del género humano mediante la conducción científico-tecnológica de las energías naturales puestas al servicio de fines humanos. Lo que Bacon y Descartes llamaron “el reino del hombre en la tierra” es un proyecto colectivo destinado a transformarle la vida a la humanidad, no una empresa de cada cuál por sí mismo. La importancia suprema del individuo plenamente desarrollado comienza a ser desplazada por la espera de los beneficios que para todos ofrecen las nuevas ciencias y técnicas del mundo físico. La razón humana, de la que depende la investigación de la naturaleza, será puesta a prueba en su capacidad de conocer la verdad y gobernar al conjunto. Desde sus comienzos las ciencias de la naturaleza se ven como una revolución tanto del saber como del poder humano sobre sus circunstancias terrenales. Este vuelco científico, cultural y político no reconoce lo que le debe al pasado en materia de autoridades o saberes previos. La racionalidad moderna queda ligada, por su radicalismo, al mito del retorno al punto cero en el que el hombre carente de herencia, de predecesores, es capaz, sin embargo, de actuar fecundamente. Como si guardar tradiciones fuese incompatible con la permanente necesidad de innovar, la influencia modernista opera frecuentemente desde la convicción simplista de partir de la tabla rasa. Sin ver que desnudar a los hombres de toda herencia equivale a privarlos de todo, de costumbres, de lenguaje, de instituciones. Ser humano es, muy por el contrario, ser histórico-cultural y abierto al porvenir de parte en parte.

Entre nosotros latinoamericanos, cortos de historia y recuperados solo a medias del imperialismo europeo que inventó nuestras nacionalidades, el humanismo de origen renacentista y las humanidades, que forman parte aún de nuestros sistemas educativos, se conservan mezcladas con elementos de variada procedencia. Las que practicamos no repiten a sus modelos originales. Aquí ellas se han deshecho del cordón umbilical que las ligaba al clasicismo antiguo. El aprendizaje del latín y el griego nunca fueron considerados como requisitos para cursar la educación secundaria humanística ni para ejercer las profesiones de la enseñanza, de la creación literaria y artística, de la formación espiritual de los americanos educados aquí. Algunos rasgos del ideario humanístico europeo se conservan entre nosotros y nos importan decisivamente. Por ejemplo, la noción general del valor formativo de la imitación o la repetición de modelos. En vez de enseñar a escribir en la propia lengua mediante reglas, a hablar con claridad, a pensar críticamente, etc., enseñar lo mismo mediante modelos en los que se cumplen estas habilidades de manera sobresaliente. La educación que se vale de casos ejemplares se vale de un método formativo mucho más atractivo que la que recomienda conductas en abstracto. Los ejemplos vividos y contados suelen despertar la ambición de no ser menos que lo posible. Contar la vida y los actos, los empeños y las obras de Andrés Bello, o los logros de Violeta Parra, sería educar moralmente mediante ejemplos que invitan a imitar lo difícil.

El nacionalismo, en cuanto representa una postura defensiva frente a lo extranjero, milita en las filas de los que dividen a la humanidad en patrias exclusivas que hacen bien evitando la ‘contaminación’ de unas con otras. El humanismo es declaradamente universalista, abierto a todas las versiones de lo humano y enemigo de la parcialidad caprichosa con lo propio. Somos muchos y diferentes, pero reconocemos lo humano que atraviesa fronteras y límites. Y seguimos creciendo: ya ni siquiera soportamos la crueldad con los animales y el sufrimiento que les imponemos, un asunto que solía quedar más allá del humanismo, pero que ahora le pertenece. El objetivo es fundar una humanidad en la que circulan libremente el pensar y las obras de los mejores hombres que han existido en la historia, aparte de sus nacionalidades, de sus diferencias religiosas, políticas, lingüísticas, etc. Es una meta contraria a las divisiones y los intereses nacionalistas, racistas, sexistas, etc., aunque la alianza entre la ignorancia de la tradición y la cerrazón nacionalista sean difíciles de derrotar. No es que propongamos una beatería greco-romana para consumo local; estamos bastante lejos de los studia humanitatis de la Italia renacentista. Pero la idea central de estos estudios todavía puede servir para protegernos del trato que reciben los humanos y la humanidad toda de parte de algunas disciplinas que se dicen científicas en la actualidad.

 El estudio del ser humano como ser natural, esto es, como parte de una naturaleza que comparte con otras especies que la suya, es un estudio perfectamente legítimo mientras se mantiene dentro de los límites de su punto de vista. Cuando se extralimita y pretende cubrir aquellos sectores de la vida y la actividad humanas que no caen dentro del campo de su competencia, la ciencia ha dejado de ser lo que pretende, para dar lugar a la charlatanería y la propaganda ideológica. Ni la antropología, ni la biología, ni la psicología naturalista, ni otras disciplinas que comparten el punto de vista antropológico que se ocupa del ser humano como objeto o cosa, pueden conocer las dimensiones histórico-culturales que están en juego allí donde lo que importa es el pensamiento, la educación, la moralidad, la convivencia política, el lenguaje, las artes, en suma, el patrimonio espiritual de una humanidad que tiene futuro debido a que no ha perdido el contacto con la tradición específica que lo separa de la naturaleza y de la cruda animalidad sin historia.

*Carla Cordua Sommer es una filósofa chilena, autora de una veintena de libros y miembro de la Academia Chilena de la Lengua. Obtuvo el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2011.

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