Sobre la relación de la lingüística con otras disciplinas: el caso de la pragmática clínica

Autor:

Guillermo Soto Vergara (Universidad de Chile)

Áreas de estudio:

Lingüística, Humanidades

1- Ningún hecho del lenguaje me es ajeno[1]

En primer lugar, quiero agradecer al Doctorado en Lingüística de la Pontificia Universidad Católica la invitación que me hace a participar de esta jornada en que se celebran los siete años de inicio del programa. No me siento ajeno a las aulas de la Facultad de Letras, en las que me formé hace ya muchos años y en las que conservo entrañables amigos y amigas. Venir acá es para mí, entonces, ocasión de alegría y también de remembranza de quienes compartimos en el viejo Campus Oriente. No quisiera sumarme a la celebración de esta fecha sin recordar a dos profesores del Departamento de Ciencias del Lenguaje ya desaparecidos con quienes tuve una relación especial: Jorge Ibarra y Rodolfo von Moltke. Tan distintos en tantos aspectos, casi como agua y aceite, formaban sin embargo parte de un proyecto humanista que luchaba por sobrevivir en un Chile y una Facultad más pobre y acosada en que la idea misma de un doctorado parecía impensable. También quiero recordar a nuestro querido Lésmer Montecino, quien tanto hizo por este programa doctoral y que nos dejó tan tempranamente.

Se me ha invitado a hablar sobre la lingüística y las interdisciplinas, y más precisamente, como se me dijo, sobre el papel que desempeña el estudio del lenguaje en diálogo con otros saberes disciplinarios. Se trata, esta de la interdisciplina, de una cuestión que en los últimos años ha venido cobrando cada vez más relevancia, especialmente en las declaraciones de propósitos de las universidades y los organismos de investigación, si bien, específicamente en lo relativo a la lingüística —o, más ampliamente, los estudios del lenguaje—, tiene una persistencia mayor que la que suele sostenerse. Quienes tenemos cierta edad podremos recordar el artículo que en 1979 escribió Ambrosio Rabanales sobre este tema: “Las interdisciplinas lingüísticas”, en que revisaba diez interdisciplinas que resultaban, cito sus palabras, de “la toma de conciencia de los múltiples factores que determinan que el lenguaje sea lo que es” (pág. 243). Cuatro de ellas, claramente establecidas, duran hasta la actualidad: la psicolingüística, la neurolingüística, la sociolingüística y la etnolingüística. Mientras las dos primeras exploran las relaciones entre lenguaje, mente y cerebro, las dos últimas conectan al lenguaje con la sociedad y la cultura. Consistente con su declarada filiación estructuralista, para Rabanales estas interdisciplinas, y otras, eran necesarias porque el lenguaje no constituye “una estructura aislada” (pág. 243) sino “una microestructura dentro de una macroestructura, de la cual es componente esencial el hombre, creador, beneficiario y conservador, en último término, de ese mismo lenguaje” (págs. 241-242). En otras palabras, las interdisciplinas son necesarias en las ciencias humanas porque lo humano trasciende los límites de una disciplina particular[2].

El nombre mismo de interdisciplina sugiere la existencia previa de disciplinas acotadas de cuya relación surgen otras. Así, por ejemplo, Rabanales habla, en el trabajo citado, de una melolingüística, que, fruto de la “colaboración del lingüista y del musicólogo” (pág. 249), estudiaría “las relaciones existentes entre estructuras lingüísticas y estructuras musicales”. Aunque el diccionario no registra la voz interdisciplina, sí define interdisciplinario en el mismo sentido: “Dicho de un estudio o de otra actividad: Que se realiza con la cooperación de varias disciplinas”. Sin embargo, es probable que sea dudosa la idea misma de un saber constituido, cerrado sobre sí mismo, que se relaciona normalmente en sus entradas y salidas con otros saberes y que de la cooperación con alguno de ellos puede dar nacimiento a un híbrido. Quienquiera que haya observado, siquiera mínimamente, la historia de la lingüística sabe que el estudio del lenguaje siempre se ha entrecruzado con el de otras ciencias del ser humano y que la existencia de un campo distinto, unitario, nítidamente separado de los otros ha sido antes la excepción que la norma. Una excepción, por cierto, afanosamente perseguida en más de un momento. Sugerente resulta, en este sentido, el título que Howard Gardner elige para el capítulo relativo a la lingüística, en su conocido libro de historia de la ciencia cognitiva: “Lingüística: la búsqueda de autonomía” (1987). Las dos principales figuras de la lingüística moderna, Saussure y Chomsky, comparten, aunque con distinto sello, esta misma preocupación. Y me parece que ha sido precisamente la consistencia de sus respectivas propuestas de una ciencia propia del lenguaje, y las proyecciones que derivan de estas propuestas no solo para la lingüística sino para las ciencias humanas en general, lo que explica la relevancia que han tenido en el siglo pasado. Tanto el estructuralismo como el cognitivismo, el denominado computacionalismo simbólico, han sido dos corrientes de pensamiento que han intentado abarcar de modo unificado distintas áreas del estudio de lo humano y en ambas la lingüística ha desempeñado un papel central. No se trata tampoco de algo completamente nuevo. Para explicarse los distintos intereses que tuvo Rodolfo Lenz al iniciar los estudios lingüísticos en Chile a fines del siglo XIX, que cubren también zonas que hoy reconoceríamos como propias de la antropología y la literatura y en las que es ostensible la influencia de la psicología de la época, es necesario recordar que el lingüista alemán entendía que estaba contribuyendo al desarrollo de la filología, concebida como ciencia general de la cultura.

El esfuerzo por constituir una disciplina autónoma trasluce, como vengo diciendo, que en esta materia la norma ha sido el cruce de saberes y métodos, una suerte de mestizaje que viene dado por carácter mismo del lenguaje, “multiforme y heteróclito” como nos recuerda el Cours de linguistique générale. Valga traer aquí a colación una feliz frase de Jakobson: Soy lingüista, ningún hecho del lenguaje me es ajeno, paráfrasis del Homo sum, humani nihil a me alienum puto de Terencio. Es precisamente la centralidad del lenguaje en lo humano lo que hace tan difícil circunscribir su estudio y a la vez propicia el cruce de influencias en las más diversas direcciones que ha caracterizado a las ciencias del lenguaje.

2- Cruces disciplinarios en la pragmática clínica

Quisiera detenerme en una situación particular en que se puede observar la relevancia de la lingüística para otras disciplinas, la relevancia que otras disciplinas han tenido para la lingüística y el modo en que estas relaciones se vinculan actualmente con cambios más generales en las ciencias humanas. Me refiero a la pragmática clínica, una disciplina eminentemente aplicada en que se integran los aportes de la pragmática, los estudios de patología del lenguaje y la ciencia cognitiva y que guarda estrecha relación con la pragmática cognitiva y la neuropragmática. En esta tarea me basaré fundamentalmente en la propuesta de Louise Cummings, quien define la pragmática clínica como “el estudio de las diversas maneras en que puede verse alterado el uso individual del lenguaje con fines comunicativos” (2009, pág. 6).

La relación entre las ciencias del lenguaje y la pragmática clínica parece evidente en la medida en que esta última podría concebirse como una rama de la lingüística clínica, del mismo modo en que la pragmática se considera como una parte de la lingüística. En este sentido, así como la lingüística clínica vincula el estudio lingüístico con las patologías y trastornos del lenguaje, la pragmática clínica relacionaría las investigaciones de la pragmática lingüística con el estudio, evaluación y tratamiento de las patologías y trastornos del uso comunicativo del lenguaje.

2.1. La pragmática lingüística

El primer aspecto que quisiera destacar es que la pragmática lingüística, tal y como hoy la conocemos, descansa fuertemente en propuestas surgidas fuera de la lingüística, particularmente en la filosofía del lenguaje anglosajona del siglo pasado. Por supuesto, la idea general de que el lenguaje es una forma de actuar en el mundo y no solo una competencia o un sistema abstracto —una idea que está a la base de la pragmática— tiene un origen mucho más amplio que puede rastrearse tanto en la reflexión filosófica sobre el lenguaje como en la investigación lingüística y filológica. Baste pensar en las distinciones entre producto (ergon), facultad (dynamis) y actividad (energeia) de Humboldt, que posteriormente desarrolla Coseriu en su teoría del lenguaje; en la lingüística de la enunciación que elabora Benveniste; o en la noción de género discursivo de Bajtín. El análisis del discurso, que ha experimentado tan gran desarrollo en las últimas décadas, concibe el lenguaje como acción e interacción, por lo que en un sentido amplio de la expresión es una forma de lingüística pragmática.

No obstante, muchas de las principales áreas de investigación de lo que denominamos específicamente pragmática lingüística, y consecuentemente sus conceptos clave y su modo particular de aproximarse al lenguaje, provienen de la filosofía en lengua inglesa. Por un lado, la noción de acto de habla de John Langshaw Austin y su desarrollo posterior en autores como John Searle; por otro, la teoría del significado intencional de Paul Grice, el concepto de intención comunicativa y su propuesta de implicaturas. Las herramientas conceptuales y analíticas desarrolladas por estos filósofos han incidido no solo en el surgimiento y desarrollo específico de la pragmática lingüística sino también en el resto de la ciencia del lenguaje, en especial en el caso de la noción de implicatura, cuya aplicación al estudio gramatical ha sido particularmente fecunda. Otras áreas de estudio de la pragmática lingüística, como la presuposición, la referencia y la deixis están fuertemente marcadas por las investigaciones en la pragmática filosófica, que ha sido y continúa siendo un área de estudio relevante de la filosofía analítica.

En síntesis, la pragmática ilustra la estrecha relación que la lingüística tiene actualmente con la filosofía del lenguaje; una relación en la que la lingüística no ha sido solo receptora de conceptos y herramientas sino que también ha contribuido a la reflexión filosófica. Aunque la frontera entre la pragmática filosófica y la lingüística es borrosa, y si bien ese límite difuso también se da con otras disciplinas —como la etnometodología y la sociología interaccionista en el caso del análisis conversacional—, la pragmática constituye, por la relevancia que ha ido tomando la comunicación en los estudios del lenguaje, uno de los componentes clave de toda teoría lingüística[3]. María Victoria Escandell, en su Introducción a la pragmática, entrega una definición bastante estándar:

El estudio de los principios que regulan el uso del lenguaje en la comunicación, es decir, las condiciones que determinan tanto el empleo de un enunciado concreto por parte de un hablante concreto en una situación comunicativa concreta, como su interpretación por parte del destinatario (Escandell 2006, págs. 16-17).

Como es de esperar, Escandell dedica los primeros capítulos de su libro, inscrito en la colección Ariel Lingüística, al examen de cuestiones como el problema del significado no convencional, la filosofía del lenguaje ordinario o corriente, la teoría de los actos de habla y el principio de cooperación; todas estas, materias introducidas por filósofos del lenguaje.

2.2. La pragmática clínica

Por su parte, la pragmática clínica tiene un origen eminentemente aplicado y su desarrollo se vincula, como ya señalé, con la necesidad de estudiar, evaluar y tratar los trastornos en la comunicación lingüística, particularmente aquellos en que se ve alterada la relación entre los enunciados gramaticales y la intención comunicativa. Interesantemente, el propio Grice había advertido la posibilidad de una alteración de este tipo por razones cognitivas. En uno de los ensayos de Studies in the way of words, señala:

El éxito de intenciones del tipo involucrado en la comunicación requiere que aquellos a quienes van dirigidos los mensajes o los cuasi-mensajes sean capaces, en las circunstancias en cuestión, de tener ciertos pensamientos y de extraer determinadas conclusiones (pp. 98-99).

En los últimos años, el estudio de alteraciones o trastornos de este tipo ha sido un área que ha experimentado un gran desarrollo. El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-5 ha incluido entre los trastornos de la comunicación, como distinto del trastorno del lenguaje y del fonológico, el trastorno de la comunicación social, o pragmático, referido a “dificultades persistentes en el uso social de la comunicación verbal y no verbal” (pág. 47). Las dificultades pragmáticas, particularmente en lo que respecta al lenguaje verbal, son manifiestas en otros trastornos del desarrollo y adquiridos. Como señala, Cummings (2009) se observan trastornos pragmáticos del desarrollo tanto en el caso de los trastornos del lenguaje del desarrollo, como en los trastornos del espectro autista y el síndrome de Asperger, en el retraso mental, y en problemas emocionales y de comportamiento. En cuanto a los trastornos pragmáticos adquiridos, y según la misma autora, estos se advierten en sujetos con daño en el hemisferio izquierdo, con daño en el hemisferio derecho, con esquizofrenia, con lesión cerebral traumática y con distintos trastornos neurodegenerativos, como la enfermedad de Alzheimer o la enfermedad de Parkinson. En algunos casos, los trastornos pragmáticos pueden derivar de problemas ocasionados en el componente propiamente estructural del lenguaje, como puede ocurrir, por ejemplo, en sujetos con afasia; sin embargo en otros, como sucede paradigmáticamente en el caso de los sujetos con síndrome de Asperger, es la relación entre estructuras lingüísticas, intención comunicativa e información contextual la que se encuentra particularmente afectada; de ahí la distinción entre trastornos pragmáticos primarios y secundarios (Cummings 2009).

2.3. La relación entre pragmática lingüística y pragmática clínica

La evidente relación conceptual entre pragmática lingüística y pragmática clínica ha llevado a que muchas investigaciones sobre trastornos comunicativos estudien fenómenos como la comprensión o producción de actos de habla indirectos, ironías, referencia o deixis en determinadas poblaciones. En estos casos, categorías desarrolladas por la pragmática filosófica y lingüística se instrumentan de modo de servir de base para estudios cualitativos o cuantitativos. Así, por ejemplo, en sujetos con traumatismo encéfalo-craneano se han encontrado, entre otros, problemas para comprender intenciones comunicativas, para estructurar el discurso y la conversación y para producir lenguaje adecuado a la situación comunicativa (Toloza 2018); en sujetos con daño en hemisferio derecho, por su parte, se ha observado que el lenguaje no literal se encuentra afectado, lo que se manifiesta en dificultades en la comprensión de expresiones idiomáticas, proverbios, humor, sarcasmo y otras manifestaciones lingüísticas en que existe una relación indirecta entre los enunciados y la intención comunicativa (Cummings 2009). De modo similar, las personas con síndrome de Asperger presentan dificultades en la atribución de intenciones en la comunicación verbal, en la comprensión del lenguaje no literal y en el manejo de los actos de habla, entre otros (Cummings 2009).

Si las categorías pragmáticas han aportado al estudio y caracterización de trastornos comunicativos verbales, las investigaciones en pragmática clínica, por su parte, han contribuido a indagar en las bases cognitivas y neurocognitivas de la pragmática. Así, por ejemplo, se ha propuesto que las dificultades en la comunicación verbal de los sujetos con síndrome de Asperger podrían relacionarse con las dificultades que estos mismos sujetos presentan en el desarrollo de la teoría de la mente, esto es, en la capacidad para atribuir estados mentales a ellos mismos y a otros (Cummings 2009). Aunque existen otras relaciones posibles, no necesariamente alternativas, como, por ejemplo, un déficit en la capacidad de integrar información contextual y lingüística para determinar el núcleo comunicativo de un enunciado, la hipótesis del déficit en la teoría de la mente es teóricamente atractiva: si Grice tiene razón y el éxito en la comunicación intencional supone la capacidad de tener ciertos pensamientos y extraer determinadas conclusiones, la dificultad para atribuir intenciones a otro afectará el reconocimiento de la intención comunicativa del interlocutor, especialmente en aquellos casos en que la relación entre dicha intención y el enunciado no es directa, como ocurre en ironías, en actos de habla indirectos o en implicaturas.

En la medida en que se piensa que la teoría de la mente es un componente clave de la cognición social, entendida como el conjunto de operaciones mentales sobre las que descansa la interacción social (Ruiz-Ruiz 2006), y en tanto se observa en los sujetos con Asperger un trastorno cualitativo de la interacción social (DSM-4), la idea de relacionar más ampliamente la cognición social con la pragmática parece sensata. En un estudio reciente, en conjunto con psiquiatras y psicólogos, estudiamos la neurocognición, la cognición social y habilidades pragmáticas en portadores de un primer episodio de esquizofrenia. Nuestros datos mostraron que los sujetos presentaban un mayor compromiso de la cognición social y de ciertas habilidades pragmáticas que de la neurocognición, en concordancia con resultados recientes de otros equipos de investigación (Mazza et al.2008, Colle et al. 2013). Dado que se han observado también deterioro en la cognición social de sujetos con experiencias psicóticas que no constituyen un episodio psicótico configurado, hemos iniciado un estudio longitudinal con el objeto de explorar una eventual relación entre psicosis, cognición social y pragmática lingüística (cfr. Sullivan et al. 2016).

2.4. La distinción entre comunicación y pragmática en Cummings (2009)

No obstante los importantes avances alcanzado en los últimos años respecto de las características y eventuales causas de los trastornos pragmáticos, Cummings (2009) sostiene que tanto los métodos de evaluación como las técnicas de tratamiento adolecen de imprecisiones conceptuales que llevan a confundir las habilidades de comunicación, en sentido amplio, con las habilidades propiamente pragmáticas. A juicio de la autora, se han cometido en este campo cuatro errores derivados de una escasa atención a cuestiones teóricas. El primero de ellos, consistente en considerar como comportamientos pragmáticos conductas no verbales, se advierte en el conocido e influyente Protocolo Pragmático de  Prutting y Kirchner (1987), que incluye aspectos como la fluidez y la duración de la pausa en la toma de turnos que, si bien pertenecen a la comunicación en general, no serían parte de la pragmática. El segundo error, atribuir intenciones comunicativas allí donde no las hay, es también, a juicio de la autora, bastante frecuente. Para entender la objeción es necesario comprender que, desde un punto de vista griceano, la intención comunicativa es una intención reflexiva y consciente, que se muestra a sí misma, distinta del contenido que se quiere comunicar. Si le digo a alguien “Abre la puerta”, mi intención a secas es que la persona abra la puerta; mi intención comunicativa, en cambio, es que la persona reconozca que tuve la intención de pedirle aquello al decirle el enunciado. Esta distinción es clave para Cummings pues permite reconocer las conductas propiamente pragmáticas, que son aquellas en que está implicada la intención comunicativa. Un ejemplo de este error, señala la autora, se da en los estudios en que se pide a los sujetos que reconozcan un faux pas, esto es, estudios en que se les pide que reconozcan si es el caso que, en una historia determinada, alguno de los personajes dijo algo inoportuno o, como decimos coloquialmente en español, “metió la pata”. Las tareas de reconocimiento de faux pas  son útiles para evaluar la teoría de la mente, una habilidad que, como hemos dicho, parece relacionarse estrechamente con el desempeño pragmático; sin embargo, no evalúan directamente la competencia pragmática en tanto no giran en torno al reconocimiento de la intención comunicativa. El tercer error consiste en la pérdida del punto pragmático de una conversación. En este caso, lo que se critica es, en breve, el análisis superficial de intercambios conversacionales que lleva a interpretaciones que no toman en cuenta los diversos factores situacionales que inciden en el reconocimiento de la intención comunicativa y los actos de habla de los sujetos. Para hacer un paralelo, este error es semejante a aquel que se comete en los cursos de lenguaje cuando se identifica un enunciado aislado específico con una fuerza ilocutiva concreta con independencia de la situación en que dicho enunciado se pronuncia. El último error, y a mi juicio el más discutible, es la distorsión de la noción de contexto en la interpretación pragmática. Incurrirían en este error las evaluaciones que piden a los sujetos que resuelvan ciertas tareas a partir de un contexto breve aportado por los investigadores. Para Cummings, en estos casos no se consideraría el carácter ilimitado, constructivo y dinámico del contexto, que antes que un fenómeno que viene dado al oyente es algo que este construye al momento de comprender un enunciado. Aunque en abstracto las observaciones de Cummings son correctas, si no todos al menos algunos de los estudios que se critican intentan modelar una categoría elusiva bajo el supuesto de que la información contextual que se explicita tendrá cierta preeminencia en el procesamiento de la tarea en un contexto de evaluación objetiva.; que se logre, me parece una cuestión eminentemente empírica.

En síntesis, y más allá de mi último comentario, las críticas de Cummings apuntan a una deficiente recepción de la pragmática por parte de quienes investigan en pragmática clínica y a la necesidad, consecuentemente, de una mayor fundamentación de las evaluaciones en la teoría pragmática lingüística con el objeto de distinguir con claridad pragmática de comunicación general, realizar análisis adecuados de los datos, diseñar instrumentos teóricamente fundados y avanzar a una mayor integración de las teorías cognitivas y pragmáticas.

3- El giro pragmático

El desarrollo tanto de la pragmática lingüística como de la pragmática clínica no constituye un fenómeno aislado en las ciencias cognitivas. Antes al contrario, en los últimos años se viene observando también en otras disciplinas, como la psicología, la neurociencia y la inteligencia artificial, el avance de enfoques que entienden la cognición no ya como procesos de computación de símbolos amodales que representan un mundo previamente establecido, sino como procesos que descansan en la percepción y la acción en el mundo de agentes corpóreos y situados. En palabras de Engel et al (2013):

En la ciencia cognitiva, actualmente estamos presenciando un ‘giro pragmático’, que nos aleja del marco tradicional centrado en la representación y nos aproxima a un paradigma que se enfoca en entender la cognición como ‘enactiva’, como actividad hábil que implica una interacción continua con el mundo externo (pág. 202).

No tengo tiempo de profundizar en este punto por lo que lo dejaré solo esbozado. Me parece que particularmente los avances en los estudios neurocientíficos y en las ciencias de la computación nos han liberado de las restricciones que imponía la concepción cognitivista, que descansaba en un modelo de mente cuya conexión con el mundo se daba solo por la propiedad de intencionalidad, en el sentido de Brentano, que tenían las representaciones. En ese modelo, el sistema cognitivo resolvía problemas empleando reglas preexistentes que operaban sobre símbolos amodales, abstractos y arbitrarios (Engel 2013) a la manera de una máquina sintáctica. Este modelo presentaba al menos dos problemas importantes: cómo adquieren los símbolos su significado, esto es, el problema del grounding, y cómo pueden los sistemas aprender las secuencias de reglas que les permiten resolver problemas, el así llamado problema de Platón.

El primer problema ha sido abordado en los últimos años por las teorías de la mente corporeizada y de la cognición fundada (grounded) que, principalmente a partir de datos de la neurociencia, sostienen que los procesos cognitivos descansan sobre “los sistemas cerebrales de acción, percepción y emoción” (pág. 229). El segundo, por los modelos de redes, que han ido demostrando un potencial de aprendizaje sorprendente hasta llegar al actual deep learning. Esto ha permitido que la cognición comience a verse como un sistema centrado en el control de la acción en el mundo, capaz de extraer regularidades del entorno y aprender a actuar de manera situada y sistemática.

En el caso particular del lenguaje, lo anterior ha contribuido a que se ponga en duda, en primer lugar, la existencia de un sistema específico de adquisición del lenguaje que descanse en una rica gramática universal, planteándose, en vez de ello, la posibilidad de que las lenguas efectivamente se aprendan; en segundo término, se ha criticado la necesidad de trazar una distinción de principio entre léxico y sintaxis, proponiéndose en cambio construcciones en que se integran aspectos formales y semántico-pragmáticos; y en tercer término, se ha objetado la utilidad de mantener una separación radical entre competencia y actuación, planteándose en vez de ello, gramáticas basadas en el uso y procesos de gramaticalización que responden a restricciones cognitivas y pragmáticas[4]. Más radicalmente, autores como Daniel Everett (2012) sostienen que las lenguas son artefactos culturales. Ciertamente, estas propuestas se apoyan en datos provenientes de la investigación lingüística; no obstante, parece claro que los avances en neurociencia e inteligencia artificial vuelven más plausibles hoy propuestas que en la década de 1970 habrían tenido muy poco apoyo, al menos en las ciencias cognitivas.

4- Conclusión

En la presente exposición he intentado mostrar que la lingüística influye y es influida por otros saberes, más allá incluso del caso de la interdisciplinariedad, que no es sino un modo particular de relación. A partir del caso de la pragmática clínica, una multidisciplina aplicada que se nutre, entre otras, de la pragmática lingüística, ilustré tanto ventajas como peligros de las influencias. Finalmente, mostré que, como ha ocurrido otras veces en ciencias humanas, cambios en determinadas ciencias favorecen transformaciones mucho más extensas y sostuve que hoy asistimos a uno de esos grandes cambios.

 

Referencias:

American Psychiatric Association (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales: DSM-5. Editorial Médica Panamericana.

American Psychiatric Association (1984). Diagnostic and statistical manual of mental disorders DSM-4. American Psychiatric Association.

Colle, L., Angeleri, R., Vallana, M., Sacco, K., Bara, B. G., & Bosco, F. M. (2013). Understanding the communicative impairments in schizophrenia: a preliminary study. Journal of Communication Disorders, 46(3), 294-308.

Cummings, L. (2009). Clinical pragmatics. Cambridge University Press.

Engel, A. K., Maye, A., Kurthen, M., & König, P. (2013). Where’s the action? The pragmatic turn in cognitive science. Trends in cognitive sciences, 17(5), 202-209.

Everett, D. L. (2012). Language: The cultural tool. Vintage.

Gardner, H. (1987). La nueva ciencia de la mente: historia de la revolución cognitiva. Paidós.

Grice, H. P. (1991). Studies in the Way of Words. Harvard University Press.

Gutiérrez Ordóñez, S. (2008). Del arte gramatical a la competencia comunicativa. Discurso de ingreso a la Academia. Real Academia Española.

Mazza, M., Di Michele, V., Pollice, R., Casacchia, M., & Roncone, R. (2008). Pragmatic language and theory of mind deficits in people with schizophrenia and their relatives. Psychopathology, 41(4), 254-263.

Prutting, C. A., & Kittchner, D. M. (1987). A clinical appraisal of the pragmatic aspects of language. Journal of Speech and hearing Disorders, 52(2), 105-119.

Rabanales, A. (1979). Las interdisciplinas lingüísticas. Boletín de filología, 30, 241-252.

Sullivan, S. A., Hollen, L., Wren, Y., Thompson, A. D., Lewis, G., & Zammit, S. (2016). A longitudinal investigation of childhood communication ability and adolescent psychotic experiences in a community sample. Schizophrenia research, 173(1-2), 54-61.

Toloza, M. (2018). Relación entre alteraciones cognitivas y dificultades pragmáticas en pacientes con daño por traumatismo craneoencefálico. Tesis para optar al grado de magister en estudios cognitivos. Universidad de Chile.

Tomasello, M. (Ed.). (1998). The New Psychology of Language: Cognitive and Functional Approaches to Language Structure. Lawrence Erlbaum.

Tomasello, M. (Ed.). (2003). The New Psychology of Language, Volume 2: Cognitive and Functional Approaches to Language Structure. Lawrence Erlbaum.

 

[1] El presente trabajo fue apoyado por el proyecto Fondecyt regular 1181240.

[2] La cita completa dice: “Llevando el estructuralismo hasta sus últimas consecuencias, se dirá que ya no es posible seguir concibiendo (o por lo menos, estudiando) una lengua como una estructura aislada, sino como una microestructura más dentro de una macroestructura, de la cual es componente esencial el hombre, en quien, por quien y para quien, en último término, existen las lenguas” (243).

[3] Salvador Gutiérrez Ordóñez ha destacado con especial énfasis esta relevancia: “Nos hallamos en un nuevo paradigma lingüístico, al que he denominado la Lingüística de la Comunicación. En él, la función comunicativa se convierte en el centro de las nuevas disciplinas teóricas y aplicadas” (37).

[4] Véanse, al respecto, los dos volúmenes de Tomasello (1998 y 2003).

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